Salto del Aures

Patrimonio vivo del Cañón del Aures

Una princesa tallada en la piedra, un poema escrito en 1864 y una casa construida en 1920. Tres historias que hacen de este lugar algo más que un destino — un territorio con alma.

Historia · Arquitectura

La Casa Principal

Construida circa 1920 · Colonización antioqueña

Construida a principios de 1920, con características propias de la colonización antioqueña. Típica finca cafetera de la época, con heldas para el secado del café en su interior.

En su momento fue punto de encuentro y albergue de muchos andariegos que llegaban para la cosecha. Hoy funciona como hospedaje campesino, rodeada de cultivos de caña, café y árboles frutales, que hacen de esta casa la más hermosa experiencia para quienes deciden pernoctar en este mágico lugar.

Un destino de emociones.

Temperatura
20°C promedio
Vientos
Permanentes del Cañón del Aures
Noches
Observatorio natural de estrellas
Estilo
Colonización antioqueña · s. XX
Casa Principal Finca Salto del Aures

Temperatura: 20°C promedio · Vientos permanentes provenientes del Cañón del Aures · En las noches se convierte en observatorio de estrellas.

Leyenda · Patrimonio oral

La Princesa Itaré

Tallada en la piedra del Salto · Para siempre en el agua

Habitaban en esta comarca dos tribus de convivencia pacífica, de pujante laboriosidad e inteligencia, así como celosas de la ley. Estaban estas tribus bajo el mando de los grandes caciques Maitamac y Cirigua. De acuerdo a sus creencias y reglamentos, concertaron en un pacto de alianzas políticas y unidad familiar la boda de sus dos hijos.

La hermosa y delicada Princesa Itaré, hija del cacique Cirigua, debería casarse con el hijo del cacique Maitamac, en el tiempo de las lunas. Itaré llamaban los nativos a la hija del cacique Cirigua, por su belleza deslumbrante.

Arribaron en ese entonces los conquistadores españoles e instalaron allí sus dominios, a la orilla del Arma. Al mando de un gran piquete estaba el capitán Hernán Rodríguez de Sosa. Desde el primer instante se prendó de la joven Itaré y ella, a su vez, se sintió atraída por la realidad y la fuerza de un amor que la hizo dejar de lado todo compromiso con su padre, con su raza y con su tribu.

El aguerrido capitán venció totalmente a la tribu y conquistó el amor de Itaré. Ella fue condenada por su padre, el cacique Cirigua, a causa de la solicitud de reparación del cacique Maitamac, a morir ahogada en las aguas del río Aures; sacrificio que prefirió a renunciar al amor del capitán Rodríguez, quien le prometió que un día regresaría por ella.

En las noches de luna llena se escucha un largo y triste lamento que sale desde el fondo del río y se confunde con los rumores del agua y los árboles.

Ignacio Escobar Londoño
En: Mercedes Ramos, 1996. Remembranzas del viejo Sonsón. Sonsón: Litotipo.

Cascada Salto del Aures

La figura de la Princesa Itaré está tallada en la piedra del Salto del Aures — visible para quien sabe mirar.

Patrimonio literario de Antioquia

Aures

Gregorio Gutiérrez González

1864

I De peñón en peñón, turbias, saltando Las aguas de Aures descender se ven; La roca de granito socavada Con sus bombas haciendo estremecer.
II Los helechos y juncos de su orilla Temblorosos, condensan el vapor; Y en sus columpios trémulas vacilan Las gotas de agua que abrillanta el sol.
III Se ve colgando en sus abismos hondos, Entretejido, el verde carrizal, Como de un cofre en el oscuro fondo Los hilos enredados de un collar.
IV Sus arqueadas cintas de esmeralda Forman grutas do no penetra el sol, Como el toldo de mimbres y de palmas Que Lucina tejió para Endimión.
V Reclinado a su sombra, cuántas veces Vi mi casa a lo lejos blanquear, Paloma oculta entre el ramaje verde, Oveja solitaria en el gramal.
VI Del techo bronceado se elevaba El humo tenue en espiral azul... La dicha que forjaba entonce el alma Fresca la guarda la memoria aún.
VII Allí a la sombra de esos verdes bosques Correr los años de mi infancia vi; Los poblé de ilusiones cuando joven, Y cerca de ellos aspiré a morir.
VIII Soñé que allí mis hijos y mi Julia... ¡Basta! las penas tienen su pudor, Y nombres hay que nunca se pronuncian Sin que tiemble con lágrimas la voz.
IX Hoy también de ese techo se levanta Blanco, azulado, el humo del hogar: Ya ese fuego lo enciende mano extraña, Ya es ajena la casa paternal.
X La miro cual proscrito que se aleja Ve de la tarde a la rosada luz, La amarilla vereda que serpea De su montaña en el lejano azul.
XI Son un prisma las lágrimas que prestan Al pasado su mágico color; Al través de la lluvia son más bellas Esas colinas que ilumina el sol.
XII Infancia, juventud, tiempos tranquilos, Visiones de placer, sueños de amor, Heredad de mis padres, hondo río, Casita blanca... y esperanza, ¡adiós!

Gregorio Gutiérrez González (1826–1872) fue uno de los poetas más importantes de Antioquia. Nacido en El Peñol, escribió este poema en 1864 evocando las aguas del río Aures — el mismo que hoy alimenta la cascada de 460 metros de la Finca Reserva Natural. Su mirada sobre este territorio es parte del patrimonio literario de Colombia.

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